María Elena

María Elena está esperando sola en la consulta de ginecología. José Luis no puede acompañarla, ni siquiera se han atrevido a decirle nada al señor Vidal, que según están las cosas aquí… José Luis ha tenido el trabajo en la cafetería desde que llegaron de Lima y hay que hacer todito lo posible para mantenerlo. Si no, a ver qué van a hacer con un bebé y sin trabajo. Que no da mucho, pero menos es nada. Que los dos tienen carreras universitarias [...] Una vez en la consulta y tras hacerle la ecografía, el doctor López se dirige a ella.
—María Elena Pérez. Está usted embarazada de nueve semanas — le dice el doctor López sin mirarla.
—Sí, señor.
—¿Está usted de paso?
—No, vivo aquí desde hace siete años.
—¿Trabaja?
—No, ahora no.
—¿Es su primer embarazo?
—Sí señor.
—¿Su hijo va a nacer en España?
—Si Dios quiere, sí.
—Dios tiene poco que ver aquí, será si quieren usted y su marido.
—Sí, señor, sí.
—¿Está usted casada?
—Sí, señor.
—Y su marido, ¿no le acompaña?
—Está trabajando.
—Claro, y no podía venir a acompañarla, ¿no?
—Es que hoy tenía una reunión importante —responde María Elena, incómoda, sintiéndose acosada por las preguntas del ginecólogo.
—¿Es necesario que esté mi esposo aquí?
—No, no, si es la historia de siempre. Vienen aquí a quitarles el trabajo a los nuestros y no son capaces de pedir una mañana libre para las cosas que realmente importan.
—Doctor López, tranquilícese usted, que no es la primera mujer que viene sola a consulta —interviene Herminia, la enfermera.
—Ya, pero si lo que me fastidia es que tengamos tanto paro, pero luego quien está barriendo las calles, es negro; el que te pone el café, moro; el que te llama por teléfono para venderte no sé qué, indio. ¿O no, María Elena? ¿No estará usted desempleada?
—Sí ,señor.
—Y cobrando el dinerito que sale de mis impuestos, ¿no?
—No, señor, no estoy cobrando nada.
—Ah, pues qué raro, ya se le ha acabado, ¿no? Y su marido, ¿dónde trabaja?
—En la embajada —dice María Elena, sabiendo que no hay marcha atrás, pero no va a consentir ser tratada así por un individuo que ha tenido todo hecho en la vida, que no sabe lo que es llevar toda la vida sufriendo y pidiendo porque eres de otro país. Tanto ella como su esposo tienen carreras universitarias y están haciendo los trabajos que no quiere nadie; pero, aun así, son tratados como si le estuvieran quitando algo a alguien; esto es el pan nuestro de cada día y ya está harta; harta de que la gente sea así de abusadora simplemente porque está en el país en el que nació.
—Ah, ¿sí? —dice el médico con sorna
— ¿Y cuál es el cargo que ocupa su marido en la embajada, si se puede saber?
—Es el embajador del Perú en España.
En ese momento parece que el tiempo se ha detenido. El doctor López se queda paralizado un momento al igual que la enfermera y María Elena, que baja la mirada porque se siente humillada. Se ha visto obligada a mentir, no sabe ni cómo lo ha hecho ni por qué, pero se ha sentido completamente acorralada, y ahora mismo está ahí metida y no sabe cómo acabará todo.
—¿Su marido es el embajador de Perú? —dice el médico, perplejo.
—Sí, señor.
—¿Y por qué no me lo ha dicho usted antes? Yo aquí, tratándola a usted como a la chusma, entiéndame lo que quiero decir con chusma, con todos mis respetos, y resulta que es usted toda una señora. Lo siento, es que no estoy acostumbrado a recibir aquí, en la consulta del ambulatorio, a personalidades como usted. Debería usted venir a mi consulta privada y allí les atenderé mucho mejor: podrán venir por las tardes, si lo prefieren, o cuando a su marido le venga mejor, y así les podré dar un trato más personalizado.
—No, no se preocupe, señor, prefiero venir aquí; me viene mejor y no querría abusar del cargo de mi esposo.
—Ande, ande; no diga tonterías que no es ningún abuso, yo le doy mi tarjeta y cuando usted quiera, me llama.
—No, de verdad, doctor, perdone que insista, pero realmente necesitamos hacerlo así. Debido a las relaciones entre nuestros países, debemos tener total confianza (y por supuesto la tenemos) en el sistema de salud pública español, y es nuestro deber ser atendidos por la red sanitaria del Estado para demostrar a nuestros compatriotas que tenemos fe y confiamos en este sistema que nos acoge.
—Bueno, pero si el servicio de la seguridad social es una mierda, perdone usted mi lenguaje, pero el servicio privado es mucho mejor y, además…
—No lo pongo en duda, doctor —le corta María Elena—, pero nosotros nos debemos a los pactos entre ambos Estados y esto debe ser así.
—Bueno, doña María Elena, me siento muy honrado de que usted haya llegado a mi consulta, y va a ver usted que su embarazo va a ser llevado por uno de los mejores profesionales de este país. Le voy a dar mi teléfono personal y cualquier duda, cualquier cosa que usted necesite saber, me llama sin dudarlo un instante, que no digan luego que no somos acogedores en este país, que aquellos que vienen a trabajar siempre nos encontrarán con los brazos abiertos [...]

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